CHIRRIANTE PUESTA DE “CACHAFAZ”, TREMENDA Y MUY ARGENTINA

Crítica de CACHAFAZ de Héctor Puyó (TELAM)

Buenos Aires, 3 de abril (Télam, por Héctor Puyo).- Una nueva versión de “Cachafaz”, de Copi, dirigida por Tatiana Santana y protagonizada por Emilio Bardi y Claudio Pazos, muestra sus particulares virtudes en el Teatro del Sur.
Obra no apta para oídos pacatos, se centra en dos personajes -el guapo Cachafaz y su amante travesti, La Raulito- que pasan hambre y necesitades junto a sus vecinos en un mítico conventillo de Montevideo, ciudad donde el autor argentino pasó su infancia y parte de su adolescencia.

Hijo del empresario y periodista Raúl Damonte Taborda y nieto de la inclasificable Salvadora Medina Onrubia, Raúl Damonte Botana (Copi) vivió luego en otros países y fue reconocido en París, dentro de un círculo de compatriotas que compartió con Jorge Lavelli, Víctor García, Jérôme Savary, Marilú Marini y Alfredo Arias.
En “Cachafaz”, obra que no llegó a ver representada, cumple un desaforado manifiesto homoerótico expresado con generosa procacidad, pero el efecto no cae en lo obsceno porque todo está dicho en verso, con octosílabos a veces forzados y muy divertidos.
El recurso no es vano, porque el asunto abreva en el sainete criollo y aun va más allá, con referencias a los orígenes de la literatura nacional de brutalidad, sangre y suciedad a la manera de Echeverría.

Quizá como nunca la escritura del autor, muerto de sida en 1987 cuando el sida era aún una enfermedad mortal, fue tan vitriólica y a la vez desaforada, tan de fiesta de “locas” en la que introduce una y otra vez la historia nacional, o por lo menos sus mitos.
Ver “Cachafaz” es introducirse en el teatro gauchesco de hace un siglo, en el radioteatro “Chispazos de tradición”, en los sainetes de Alberto Vacarezza, en los poemas de Carlos de la Púa o Iván Diez, sin que tenga importancia la homosexualidad de la pareja; tal es la marginalidad y la desesperación.

Esos anacronismos son largamente acunados por Copi, amante de algún pasado más imaginado que real, tal vez fruto de una argentinidad ausente cuyo conocimiento mayor, antes de la etapa europea, se dio con el Río de la Plata de por medio.
Por eso la directora Tatiana Santana aprieta el pedal del disparate, llena de música la escena -con intérpretes en vivo que al fin desembocan en el candombe- y logra del dúo protagónico trabajos muy disfrutables.

Claudio Pazos -quien suele brillar en sus trabajos con Carne de Crítica- compone una travesti graciosa y destartalada, desesperada por complacer a su hombre a pesar de sus carencias, y Emilio Bardi logra un cafishio de enorme simpatía, preciso en el fraseo y alejado de los roles sombríos en que suelen encasillarlo.

El disparate se adueña de la escena, porque el hambre -ella se resite al yiro, él confiesa preferir la borrachera a cualquier actividad productiva- los lleva al asesinato y al canibalismo, ya que con la carne de varios “milicos” se alimentan ellos y alimentan a varios vecinos, aun los que fueron hostiles con su comportamiento.

Hay buenos desempeños también en las actuaciones de Rosario Albornoz, Catalina Lescano, Patricia Martínez, Pilar Rodríguez Rey y Andés Granier -vecinos y “ánimas”- y Marcelo Lirio, vecino y policía.

Nada sería igual, sin embargo, sin la música de Rony Keselman tocada por Joel Maiante, Pablo Martínez y Eugenio Sánchez, el vestuario de Ana Nieves Ventura y la coreografía Mecha Fernández, que le permiten a Santana introducir novedades formles a un texto montado aquí varias veces.

“Cachafaz” se ofrece en el Teatro del Sur, Venezuela 2255, los sábados a las 22.-

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